Opinion: Contestacion a Francisco Lopez Groh (Sobre la destrucción creativa)_Eduardo Mangada

Continua el debate entre Eduardo Mangada y Francisco López Groh sobre el concepto de “destruccion creativa” iniciado en las “conversaciones para un libro


LA “DESTRUCCIÓN CREATIVA” Y LA CIUDAD

Eduardo Mangada
Hace algunos días utilicé en un debate sobre la ciudad y las posibles formas de intervenir urbanísticamente en ella las palabras de Joseph Schumpeter, “destrucción creativa”, para definir uno de los procesos o mecanismos posibles, incluso convenientes y adecuados en los actuales momentos, para “hacer ciudad en la ciudad” o, mejor, “rehacer ciudad”. Tal invocación fue recibida por muchos de los asistentes, incluidos los ponentes en el acto, con una sonrisa escéptica, que se concretó en el rechazo crítico por parte de algunos de ellos. Crítica y rechazo que se han prolongado en escritos posteriores, más reposados y solventes y, por tanto, más duros.
La reflexión disciplinar (urbanística, económica, geográfica, medioambiental…) sobre el proceso continuado de expansión de nuestras ciudades, en los últimos decenios, ha dado como resultado una valoración negativa de esta forma de crecimiento de la ciudad. Reflexión disciplinar que se ha visto reforzada (casi forzada o impuesta) por la grave crisis financiera y económica que empobrece los recursos de los gobiernos locales, regionales y estatales, así como por el descalabro del negocio inmobiliario. Conclusiones disciplinares y escenario económico de escasez (sin recuperación a corto plazo), que ha planteado como tarea prioritaria para los próximos años el “hacer ciudad en la ciudad”, aprovechando las potencialidades de trasformación de la ciudad consolidada, renunciando a una expansión agresiva sobre el campo que la rodea. Un rehacer y completar la ciudad potenciando los vacíos intersticiales ya vacantes, o expectantes, en función de la obsolescencia de los usos y las edificaciones hoy existentes. Obsolescencia física, socioeconómica, ambiental e, incluso, administrativa.

Dentro de esta política urbana, una forma de intervención en ámbitos físicos y sociales muy selectivos podría aconsejar, incluso exigir, la destrucción de parte de la fábrica edificada (edificios e infraestructuras), junto con la trasformación de las actividades y usos tradicionales, para reconstruir una “nueva ciudad”. Una nueva ciudad más digna, más justa, más rica en contenidos, más eficiente, más integradora, etc. No se trata, por tanto, de derribar un conjunto edificado para generar un “solar” sobre el que levantar lo mismo o lo novedoso, pero más rentable en términos monetarios, para el promotor privado o público. Si así fuese, mi apuesta sobre la bondad o conveniencia de trasladar al urbanismo la máxima de Schumpeter debería ser rechazada y condenada al olvido.
En todo caso, la bondad, la legitimidad de la “destrucción creativa”, exige que lo que venga a ocupar el vacío del trozo de ciudad destruido no solo tenga que ser “nuevo”, sino “innovador”, enriqueciendo la ciudad con mejor arquitectura, con nuevas funciones más complejas, en beneficio de los ciudadanos, con nuevas formas de gestión de servicios y equipamientos, etc.
Con esta reincidencia puedo caer en una posible trampa lingüística, ya que el concepto “innovación” se presta a interpretaciones diversas y, en muchos casos, contradictorias, desde una visión compresiva y progresista hasta un reclamo consumista reaccionario. Pero, a pesar de los riesgos que el uso de estas palabras conlleva, me atrevo a mantenerlas y, en lo posible, a justificarlas, siempre que estén sometidas a un principio legitimador del proceso de intervención urbana al que se aplican las expresiones “destrucción creativa” e “innovación”. Solo una decisión formulada y tutelada por los poderes democráticos (representativos y participativos), basada en el conocimiento de las ineficacias y los problemas reales, físicos y sociales, que afectan tanto a la fábrica física como a sus habitantes, y su relación con las áreas urbanas colindantes, justifican y legitiman el inicio de una posible y necesaria  “destrucción”, siempre y cuando vayan simultáneamente formuladas y garantizadas unas nuevas formas urbanas, unos nuevos contenidos sociales, una mayor eficiencia económica (que no una mayor rentabilidad inmobiliaria), que enriquezcan tanto a los ciudadanos actuales como a los foráneos que vengan a ocupar este nuevo espacio recuperado. Protagonismo público en la promoción y gestión de un proceso de intervención urbana como el ya descrito, garantizando que los beneficios que puedan derivarse del mismo vengan a enriquecer tanto el espacio como el bienestar colectivo, puede dar un digno significado a lo que me he atrevido a definir como “destrucción creativa”, con las cautelas a que toda traslación disciplinar obliga.
El propios Schumpeter, en “Capitalismo, socialismo y democracia” (1942), ya advierte que “el proceso de destrucción creativa es el hecho esencial del capitalismo, siendo su protagonista principal el emprendedor-innovador. Entendiendo que un emprendedor, en el sistema capitalista, es una persona con gran capacidad (intelectual y económica) para crear nuevos mercados en los que vender sus innovaciones. Innovaciones que, en la mayoría de los casos, se reducen a una manipulación de productos ya existentes, de métodos de promoción y venta, de mecanismos financieros, etc. con la finalidad de obtener mayores beneficios que los que se derivan de la situación previa. (Todo esto dicho con una excesiva simplificación, que raya con la irresponsabilidad, por mi parte).
Pero, volviendo a la ciudad, en un mundo dominado por un capitalismo salvaje, por sofisticadas que sean sus vestimentas e instrumentos, lo que la aplicación de la máxima schumpeteriana por los promotores al uso significa es, simple y llanamente, la destrucción de un trozo de ciudad, de un “capital fijo ya creado” para aprovechar las ventajas que la ciudad ya ofrece (infraestructuras y servicios) y colocar en el hueco provocado una “nueva mercancía inmobiliaria” que multiplique abusivamente los beneficios sobre la inversión que la espuria remodelación urbana supone. Las cuatro torres en la ciudad deportiva del Real Madrid, o las operaciones proyectadas sobre los terrenos de Mahou y el estadio Calderón, solo merecen el título de “destrucción especulativa”, impulsada y protegida por el gobierno municipal (más el regional e, incluso, el estatal), insensibles, voluntariamente ciegos y sordos a los intereses colectivos, pero serviles a los beneficios empresariales. Todo ello camuflado bajo la hipotética bandera olímpica.
Ya David Harvey afirmaba que el capitalismo solo es posible con la protección del estado, denunciando que: “El libre mercado, para funcionar, exige una serie de acuerdos y normas institucionales que sólo se pueden garantizar mediante algo afín al poder estatal. La libertad de mercado hay que garantizarla mediante la ley, la autoridad, la fuerza e, in extremis, la violencia”.
En la dura crítica que Francisco López Groh hace de mi propuesta y defensa del concepto “destrucción creativa” en el proceso de “rehacer ciudad”, me aconseja (creo que con acierto) la utilización del concepto más sutil de “recomposición creativa”, acuñado por Suzanne Berger, trasladándolo “torpemente al ámbito de la política urbana”, entendiéndolo como “una reorganización de los bienes y del capital social (y financiero) urbano en una nueva vía productiva menos dependiente del capital financiero-inmobiliario y un poco más sostenible”. Consejo que acepto y agradezco, aunque sin borrar por completo a Schumpeter, pero sí matizándolo. En definitiva, la tarea de “rehacer ciudad” es la de trasformar el tejido urbano sobre el que vivimos en un espacio más eficiente, más justo, más sostenible y más complejo porque, como afirma Manuel Solà-Morales, la mixity más que la densityes la característica primordial de la ciudad contemporánea.
Puede que cometa una ligereza al trasladar un concepto de la disciplina económica,  formulado por Schumpeter en 1942, a un discurso sobre la ciudad de 2013 y las formas de intervenir en su construcción y reconstrucción. Doble error. Por un lado, la distancia en el tiempo y, con ella, la diferencia en el ambiente disciplinar, socioeconómico y político entre un momento pasado y el hoy. Por otro, la aplicación a la disciplina urbanística de un concepto acuñado en y para la disciplina económica. Una imprudencia o ligereza intelectual, ya que hay que tener mucho cuidado con las palabras que usamos, pues las carga el diablo, y siempre hay algún avisado que las utiliza, pervirtiéndolas en beneficio propio. Veamos, como ejemplo cotidiano, la improcedencia de la palabra austeridad “para justificar unas políticas de recortes presupuestarios masivos y de revocación de derechos y servicios adquiridos” (Josep Ramoneda). ¡Austeridad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre!
Eduardo Mangada. 25 abril 2013.
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