LOS BANQUEROS SE ENRIQUECEN, LA CIUDAD SE EMPOBRECE, por Eduardo Mangada

Por su interés, compartimos el artículo de nuestro socio Eduardo Mangada Los banqueros se enriquecen, la ciudad se empobrece publicado en Nueva Tribuna el pasado 13 de enero.

Leo en Público (3 de enero) una declaración de Amparo Berlinches, arquitecta y presidenta de «Madrid, ciudadanía y patrimonio» (MCyP), en la que, con palabras duras y justas, califica a la operación Canalejas como “como un disparate y un expolio de los valores artísticos y culturales de seis piezas muy significativas de la arquitectura bancaria de los siglos XIX y XX». Un conjunto de edificios que albergaron las sedes del Banco Español de Crédito, Banco Hispano Americano, Crédit Lyonnais y algún otro.

Y hoy vuelvo a pensar, como lo hice, junto a otros muchos, en su momento, que la intervención arquitectónica sobre estos edificios es un autentico atentado al paisaje de la ciudad. Basta detenerse unos minutos y contemplar el perfil que corona este inmenso edificio, en pleno corazón de Madrid. Unos cutres «áticos», mal diseñados y peor construidos, emergen sobre la base de unas nobles fábricas. Unos levantes construidos para mayor beneficio del promotor, pero ajenos a cualquier intención estética, respetuosa con la herencia urbana. Solo la avaricia del propietario promotor, junto a la desidia o impericia del arquitecto proyectista y la ceguera inculta y complaciente de nuestro Ayuntamiento, pueden dar razón de esta tropelía.

Puede parecer estéril este lamento póstumo. Sin duda lo es, pero conviene recordar «los desastres de la guerra», siguiendo la estela de Goya, como advertencia de nuevos atentado sobre nuestro patrimonio, dada la afluencia de inversores que, como buitres insaciables, han descubierto en nuestra ciudad una mercancía barata publicitada y ofertada a buen precio con el siniestro reclamo de «Marca Madrid».

Cuando unas instituciones se degradan, llegando a la corrupción, como está ocurriendo con las grandes corporaciones financieras, también se degrada la arquitectura de sus sedes más representativas. Los bancos, símbolo del poder económico en el primer capitalismo industrial y comercial, quisieron hacer visible su presencia ostensible en la ciudad y elevaron potentes hitos arquitectónicos, que pautaron y enriquecieron el paisaje urbano. Y aun hoy sirven como puntos de referencia física en la geografía, en los mapas de nuestras ciudades.

Transformados hoy, muchos de ellos, en nobles carcasas vacías de su actividad bancaria, pronto se convierten en nichos para la especulación financiero- inmobiliaria, ciega a su valor patrimonial arquitectónico y su significado en el paisaje físico y social de la ciudad. Ya solo importa cuánta edificabilidad se puede incrustar en estos recipientes, aprovechando las nuevas ordenanzas y la risueña tolerancia de los poderes públicos. Qué nuevas actividades más rentables pueden sustituir a las “viejas ventanillas bancarias”, aunque para ello haya que alterar, de forma abusiva e inculta, la estructura técnica y formal del edificio.

Un proceso que, en muchos casos, va ligado a la emigración del banco hacia territorios más periféricos en una ciudad cada vez mas «genérica», por usar una categoría, bastante deleznable, del influyente Koolhaas, para beneficiarse con el plusvalor que la centralidad ha regalado a las viejas sedes, contempladas ahora como posibles solares, como potentes contenedores de nuevas actividades o, simplemente, como activos financieros ofrecidos a un fondo inversor que lo adquiera en espera de una próxima revalorización, en una operación puramente especuladora.

En estos casos, a la degradación patrimonial se suma el deterioro, el empobrecimiento del tejido social de su entorno urbano. Las nuevas actividades y los nuevos inquilinos suelen entrar en conflicto con los usos y habitantes ya asentados, llegando a su expulsión, en un proceso que los sociólogos han dado en denominar gentrificación. Un proceso que viene a unirse, en las áreas centrales de ciudades como Madrid, Barcelona o Valencia, al fenómeno más especifico de la turistificación. La ciudad se homogeneiza perdiendo uno de los valores más significativos de la urbanidad, cual es la mezcla de personas y actividades de muy distinto tipo, compartiendo un mismo espacio común. Es la densidad de encuentros voluntarios o casuales, la “densidad activa” más que la densidad física, más que la acumulación de edificabilidad, la que muestra la vitalidad de una ciudad y la hace más rica y atractiva.

Y aún más. Los ciudadanos que con su presencia constante, su carácter, sus actividades cotidianas, su industria y su taller o su ocio y su bar, su deambular por calles y plazas de «su barrio» han construido «su ciudad», con los valores que ahora ansían turistas y especuladores, se ven desposeídos de su patrimonio común, físico y social. Excluidos, una vez más, por el poderoso mercado. Sin la protección de sus gobernantes municipales, que han sometido su pretendida voluntad política, como servidores públicos, a las normas y órdenes de un capitalismo depredador de recursos, cuerpos y almas.

En todo caso, en el inicio de un proceso de abandono de una sede bancaria, por las razones que sean, dejando “vacío” un importante edificio en un lugar significativo de la ciudad, ¿no cabría preguntarse qué otros usos podrían venir a ocupar esta oportunidad, para enriquecer la vida institucional y cultural de la ciudad?, ¿qué alternativas cabría negociar con los titulares del banco, que no fuesen únicamente cuántos metros cuadrados más puedan construirse? Puede parecer ingenuo, pero debe entenderse como algo posible y obligado entre el gobierno de la ciudad y unas instituciones, los bancos, que en gran medida, tienen una función pública. Y así ha sido en al menos dos casos, que recuerde en estos momentos. La implantación de la Consejería de Educación en el edificio del Banco Mercantil e Industrial, en Alcalá 31. Y, más recientemente, la enriquecedora presencia del Instituto Cervantes en la que fue sede del Banco Central Hispano. Ambos edificios proyectados por el gran Antonio Palacios.

Tal es el carácter de “servicio público” otorgado a los bancos, que cuando estos han estado al borde de la quiebra, como ha ocurrido en la última gran recesión, el Estado ha acudido urgentemente a su salvación (por encima de otras necesidades sociales) inyectando millones de euros para salvarlos, por entender que su función era prioritaria para bien de la sociedad. Si así es, cabe pensar legítimamente que parte del valor de sus sedes también pertenece a la sociedad que, con su dinero, los salvó de la ruina y algo deben devolver a la misma.

* * *

Pero si, acotando el tema, hablásemos de “ bancos y arquitectura corporativa”, el encabezamiento de estas líneas podría ser: “Cuando un banco se corrompe, su arquitectura se degrada”. Y en Madrid tenemos un ejemplo muy evidente. Baste comparar dos figuras, sin más discursos justificativos. La “torre” del BBVA en La Castellana, proyectada por Sáenz de Oiza, en los años 70 del siglo pasado y, frente a ella, el “ huevo” para la nueva sede del mismo banco, en Las Tablas, proyectado por los estelares Herzog & de Meuron, en los primeros años de este siglo.

En las décadas transcurridas entre ambos edificios, el mismo banco titular de ambos ha sufrido un largo y bochornoso proceso de corrupción institucional, personalizada en su presidente Francisco González, hoy imputado. Sería irresponsable una traslación simplista entre este proceso de corrupción y la degradación de la arquitectura, que cabe apreciar y denunciar al confrontar uno y otro edificio. Pero, con prudencia, sí cabe establecer una relación no causal, sino cultural que relacione ambos casos. El capitalismo se degrada y la arquitectura a su servicio se banaliza y comercializa. Lo que fue moderno se torna un triste posmoderno.

El espléndido edificio de Oiza permanece en la ciudad como un hito que enriquece su paisaje y un icono que recuerda la presencia de una institución prestigiosa. Un edificio incorporado a la trama urbana como una pieza valiosa de la ciudad. Un ejemplo de la solidez técnica, cultural y ética de un gran arquitecto.

El edificio proyectado por Herzog & de Meuron se perfila en el horizonte como un cartel de carretera. El pretencioso ovoide que emerge de una trama horizontal de oficinas (lo mejor del proyecto) siempre quedará como un objeto extraño en la ciudad. Un quiste dentro de una ciudadela.

Extraño proyecto de unos arquitectos que han merecido un reconocimiento mundial, con una importante obra, que yo mismo admiro, especialmente en sus primeras etapas.

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