Opinion: Verdades desde el otro lado: Atlantic City y sus casinos, primos hermanos de los de Las Vegas

Verdades desde el otro lado: Atlantic City  y sus casinos, primos hermanos de los de Las Vegas

Ann Marie Strigari


TOMEN  NOTA MADRID Y BARCELONA
    
El 25.3% de la población de Atlantic City vive hoy día por debajo del umbral de la pobreza. Esto después de más de un siglo como destino turístico en la costa este de EE.UU. y cuarenta años de casinos, hoteles y lugares de ocio a sus espaldas.
El complejo turístico de Atlantic City: casinos con sus hoteles, restaurantes, teatros, (todo lo que se pretende montar aquí en España), que ocupa la primera línea de playa, aunque hasta ahora sin interesarse por el mar, vive de espaldas al resto de la ciudad.  La promesa de renovación socio-económica  que se barajó en 1977 cuando el juego en los casinos se legalizó en el estado de Nueva Jersey, aún no ha llegado.  Junto al oropel a orillas de la playa, en el interior, a sus espaldas, lo que se encuentra  es una ciudad agónica devastada por la mala gestión en todos los ámbitos.  En el año 1970, anterior a la apertura del primer casino (1978), el porcentaje de la población de Atlantic City que vivía por debajo del umbral de la pobreza era del 22%, comparado con el 13% a nivel nacional. Veintidós años más tarde, cuando los beneficios de los 12 casinos más grandes de Atlantic City superaban los 72 millones de dólares, este mismo porcentaje había aumentado al  24%, mientras que a nivel nacional había bajado al 11%.  El desempleo en Atlantic City rondaba el 13% mientras que  en el resto del estado de Nueva Jersey era de un 5.8%.  Es decir, la construcción de casinos no había cumplido con la idea inicial de mejorar la muy deteriorada situación. Incluso los posibles trabajos del tipo más elemental estaban y están fuera del alcance de un gran número de los desempleados al carecer de la educación básica mínima imprescindible. Esta carencia, junto con un largo etcétera de frustraciones, los tiene socialmente marginados.   Según el último censo de 2010, de ese 25.3% de la población que vive por debajo del umbral de la pobreza, el 36.6% tiene menos de 18 años y el 16% supera los 65.
¿Es éste un modelo a seguir en España para Madrid o Barcelona?  ¿Se pretende solucionar  los problemas endémicos  de España como el desempleo, las carencias educativas o las tensiones sociales construyendo otro parque temático, esta vez exclusivamente para adultos?
¿Animan estas cifras tan poco alentadoras a implantar semejante modelo en España?  Y, para mayor inri, esta implantación de casinos puede hacerse en España sin consultar a la población (¿democracia?).  En Nueva Jersey, por lo menos, la decisión de dar luz verde a los casinos fue tomada en base al voto popular.  La grandeza y debilidad de una democracia estriba en el ejercicio de la opinión  de la gente a través del voto popular directo.   Se puede  equivocar o no, pero, por lo menos, existe la oportunidad de opinar y votar, cosa que en el caso de los megacasinos de Madrid o Barcelona no se presenta como una opción a los ciudadanos.  
Los casinos se montan con un clarísimo fin: ganar dinero. El arte de montarlos, desde la arquitectura hasta el último detalle del interiorismo más envolvente, está concebido con la idea de crear una experiencia totalizadora para los visitantes, resultándoles simultáneamente virtual y real.  ¿Quién no se olvida de sus manos encallecidas, de su piso de 60 metros cuadrados, del hijo en el paro,  y de la jubilación sin júbilo al pasear entre las columnatas fastuosas de los casinos, bajo techos estrellados de leds las veinticuatro horas, sin relojes a la vista, con innumerables espejos que ni el Palacio de Versalles, y todo amenizado con el rumor relajante de las fuentes por doquier?    ¿Quién recuerda dónde está la salida cuando la fortuna está de su parte o cuando lo deja abandonado ante esa última mano que se financiará con sólo ir al cajero automático que siempre está disponible al lado?
¿Realmente alguien cree que por abducir a las personas a estas modernas Cuevas de Alí  Babá  se va a reorientar la situación en términos socio-económicos?  ¿Son los casinos inversiones estructurales como lo son los trenes de alta velocidad o como lo fueron los pantanos en su momento, o son más bien pozos sin fondo para el incauto, por un lado, y surtidor inagotable de fondos para el beneficiario de la inversión cada vez que ese seducido, víctima de la quimera, pierde en las mesas de juego o en las máquinas tragaperras?  
La historia de Atlantic City está llena de turbulencias.  A lo largo de más de un siglo los continuos altibajos aparecen en la misma base de su naturaleza  tipo montaña rusa. Es una historia de construcción y deconstrucción para volver a construir (siempre  asoma su cara el ladrillo).  A finales del siglo XIX se construyeron los primeros hoteles.  La expansión continuó durante los años 20 y 30 del siglo XX, incluyendo nuevas líneas ferroviarias  para conectar las olas de las playas de Nueva Jersey con las ondas de calor de ciudades industriales como Filadelfia.  Después de la Segunda Guerra Mundial, sin embargo, con el cambio del estilo de vida de los norteamericanos, las visitas a Atlantic City  disminuyeron y el declive de la ciudad estaba servido, quedándose como una enferma tierra de nadie.  No volvería a vivir un movimiento revitalizador hasta el año 1978 cuando el Estado de Nueva Jersey, en un intento de rescatarla de su cáncer urbano, legalizó el juego en los casinos.  Nuevamente en Atlantic City cobra protagonismo el ladrillo y comienzan las grandes obras de construcción. Una vez más lo antiguo se tiró abajo, “the American way”, y en sus parcelas vacías se erigieron los más modernos casinos y hoteles.
Para finales de los años ochenta Atlantic City se había reflotado convirtiéndose en el destino turístico más popular de los EE.UU., pero fue otra vez golpeada en los años 90 cuando empezaron a surgir casinos como setas en otros lares, robándole protagonismo a la reina del Atlántico.  Este mismo efecto también ha afectado muy negativamente  a los casinos de Las Vegas.  (Después de las inversiones multimillonarias previstas en España, ¿qué pasará cuando otras geografías europeas decidan montar sus propios megacasinos?)  Ciudades que antiguamente surtían de visitantes a los casinos de Atlantic City ya tienen los suyos propios, como es el caso de Filadelfia con su “Sugar House”, frecuentado mayormente por el equivalente de mileuristas, pensionistas y residentes de Chinatown.   Su particular serie de estadísticas del primer año de operaciones es llamativa.    El total de ingresos desde la apertura en el año 2011 ha sido de 232.034.168 $; las pérdidas totales para los clientes residentes de la ciudad de Filadelfia ascienden a 116.017.084 $; los ingresos totales para el Ayuntamiento han sido de 11.479.068 $. Es decir, las pérdidas directas para los ciudadanos de Filadelfia son diez veces mayores que los ingresos obtenidos por el Ayuntamiento, que no llegan al 13% de los beneficios totales para  los inversores que rondan los 90.000.000 $.  La cuestión entonces vuelve a ser la misma, ¿quién de verdad se está beneficiando de todo este montaje?
Con la enorme competencia que existe para Atlantic City, su accidentado camino hacia una estabilidad en un mundo continuamente cambiante es inacabable.  Con todo lo que ya se ha invertido en ese pozo sin fondo, según se observa, parece que la única fórmula de no hundirse por completo otra vez es con más de lo mismo.  En el 2012, se abre el complejo más innovador del momento, el “Revel”, con un coste de 24 mil millones de dólares. (La compra de YPF en el año 1999 supuso aproximadamente unos 15 mil millones de dólares). Siguiendo la tradición de sus antecesores, cabe una pregunta clave, ¿para cuándo será su fecha de caducidad?  También quedan en el tintero otras preguntas recurrentes: además de sus 10 piscinas, 14 restaurantes,  casi 2.000 habitaciones, teatros  y salas de juego, ¿qué le está aportando al desarrollo de  la humanidad?  ¿Acaso aporta un patrimonio imborrable como el que deja una sólida formación gracias a un buen sistema educativo,  o tal vez unos seres humanos más sanos gracias a los avances en  la medicina posibilitados por las inversiones en investigación, o acaso una solución energética medioambientalmente más sostenible proporcionada por el uso de energías alternativas desarrolladas con dinero público y privado,  o unas infraestructuras de largo alcance? ¿Acaso aporta algo de eso?   El proyecto para Madrid que requiere el uso de 600 hectáreas de terreno para su despliegue, ¿enriquecerá el medio ambiente o impactará negativamente en los sistemas ya frágiles, diezmando aún más su reservas? (ídem, o peor, para el proyecto en el Delta de Llobregat).  ¿Favorecerá a la población, nublada con la zanahoria de la promesa de trabajo, o la impactará negativamente el levantar la veda al crimen organizado y a la corrupción a escala hasta ahora desconocida?
En términos reales, a fin de cuentas, es difícil señalar algún valor tangible o riqueza que dejen una herencia para futuras generaciones.  De hecho, la única riqueza que aparentemente se crea  es la que sigue una pauta demasiado familiar: poner el dinero en circulación, (en el caso de Madrid Eurovegas, unos 22 mil millones de euros), hacer que ese dinero atraiga más dinero, y asegurarse de que mientras se crean unos fugaces puestos de trabajo, en la construcción, por supuesto, (aun si lo que se construyen son aeropuertos donde no aterrizan aviones o apeaderos de trenes en mitad de ninguna parte), los prestamistas reciban sus intereses a tiempo, y los inversores sus dividendos y, al final del día si se tiene que  aplicar aquello de “coge el dinero y corre”, que no se señale a nadie en particular como culpable, ni siquiera cuando también se hayan tenido que perpetrar cambios en las leyes urbanísticas, fiscales y de trabajo.  Que parezca una vez más como un desafortunado traspié debido a esa archiconocida y enemiga volatilidad o ataque de los mercados. 
¿No somos capaces, la sociedad y sus ayuntamientos,  de pensar en modelos más dignos y constructivos, menos parasitarios, para mejorar la condición humana?  Obviamente las tendencias  y la falta de sabiduría financiera de cada cliente de los casinos es un asunto personal, sin embargo, el delito que surge alrededor de los mismos, de guante blanco o del otro, y las pérdidas económicas a gran escala sí son problemas para la sociedad en su conjunto. Echando mano nuevamente de la historia, resulta esclarecedor saber que en el  año 2010, el propio estado de Nueva Jersey, con un déficit presupuestario para el 2012 de 10,5 mil millones de dólares (el tercero de EE.UU. después de California con una población más de cuatro veces superior y Nueva York con más del doble de población),  quitó el control del juego a la comisión de Control de Juego (el “Gaming  Commission”) y lo trasfirió directamente  a  la Fiscalía General del Estado.  Esto después del arresto por cargos de corrupción de cinco de los últimos nueve alcaldes que ha tenido la ciudad y con una tercera parte de los concejales en la cárcel o rumbo a ella en los últimos años.  
Para sanear el déficit, el gobernador de Nueva Jersey  (republicano) ha tomado la decisión de implementar  recortes  en los fondos de pensiones de los funcionarios y en los presupuestos de las escuelas públicas y  los municipios.  No ha podido atacar la sanidad pública porque no la tienen.  De modo que, toda la  clase política parece seguir el mismo guión y los que usan la política para engordar sus propios cofres, también.
No parece una buena política esta continua mimesis, esa transformación frívola a costa de la pérdida de la esencia de este país. La importación de modelos como los que pretenden exportar los expoliadores de Las Vegas, primos hermanos de los de Atlantic City, quienes, al ensuciar su propio nido in extremis, llegan a España con sus apuestas y necesidad de expansión.  Y llegan aquí sabiendo que, además de un clima envidiable, hay necesidad.  Querer importar algo tan poco acorde con esta tierra, sea Madrid o Barcelona, como este modelo  trillado, denigrante y artificioso, capaz de ofrecer sólo y a muy corto plazo un escape al tedio cotidiano y malestar general, es no tener ninguna fe ni en España ni en su gente.     La fuerza, el talento y la determinación de la población, a pesar de encontrase en una mala racha, pueden combatir las dificultades sin tener que venderse al primer apostador ni aceptar una solución de tipo: “here today, gone tomorrow”.   ¿Por qué recurrir a modelos quiméricos que desaparecerán como la espuma en la playa de Atlantic City, un lugar donde lo que deja  la estela del mar son simplemente  detritus?      
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