Opinion: Alcaldes: ganadores o perdedores_Eduardo Leira

Tribuna publicada en Publico.es
Así ha sido defendida por Esperanza Aguirre la interesada propuesta de Rajoy de que los candidatos de la minoría mayoritaria sean directamente proclamados alcaldes.
Se parece a la antítesis de ricos y pobres, pero es aún más amplia. Por definición, los ganadores son menos y los perdedores más. En el extremo, solo hay un ganador, el primero, y al segundo se le considera, en tono siempre despectivo, el primer perdedor. Así lo presenta Aguirre. No obstante, los “perdedores” a veces constatan su acuerdo, se juntan y, entonces, como son más, ganan.
No hay que remontarse a las revoluciones, en las que la mayoría, siempre “perdedora”, se rebela. Las coaliciones forman parte, consustancial, de las reglas del juego democrático. Contamos con poca tradición de coaliciones: o la mayoría absoluta o el caos.
Con su desparpajo, que siempre se adentra en la desvergüenza, Aguirre se ha apresurado a apoyar que los alcaldes sean “directamente“ elegidos por los ciudadanos. Hay que entenderla. Con ese criterio, tan poco democrático, ella hubiera sido elegida en su día “directamente” Presidenta de la Comunidad de Madrid, sin tener que recurrir a torcer el voto de dos, ya se sabe, estúpidos socialistas, en la tan conocida como oscura operación del tamayazo.
Trabajé entusiastamente en un ayuntamiento gobernado por una coalición, el de Madrid del alcalde Tierno, al que les costará mucho igualar a los alcaldes venideros. Hasta ahora, está claro que los posteriores no lo han conseguido. La inmensa mayoría aplaudió la coalición y apoyó su gestión, por otra parte notable.

En aquél momento, el jefe de filas de la UCD, José Luís Álvarez, que ya había sido alcalde por designación, esta sí que “directa”, por parte de los vestigios del entramado franquista, no hacía más que recordar, en los plenos, que él era el cabeza de la lista más votada. Era cierto. No obstante, estaba claro que los votantes de los dos partidos de la mayoría habían sido muchos más. Algunos, quizás, podrían haber estado en contra de que, con su voto, se formase un gobierno con otros. Eso es lo que argumentaron después los “tamayos”, tan reconocidos por Aguirre y sus constructores afines que, compresivos y colaboradores, les pagaban el hotel.
En las encuestas de opinión, que sirven para la estimación del voto, suele preguntarse, más allá de la opción directa por uno u otro partido, la actitud de rechazo o simpatía por estos. Me parece que el Partido Popular es el que recoge un mayor rechazo fuera de sus fieles. No sería entonces nada desdeñable que lo que uniera precisamente a la inmensa mayoría de los votantes en las próximas elecciones locales fuera intentar no contar, como prioridad, con un alcalde del PP. Es una fuerza política que ha generado, tras estos años de gobierno y mayorías absolutas prepotentes y despreciativas de los demás, una gran antipatía, por decirlo en términos elegantes. Más allá de la opción concreta que cada uno eligiera, distinta a la del PP, lo que tendrían todas en común es que ésta no prosperara. Podrá quizás cuestionarse esa actitud, de votar ante todo contra un partido, en vez de votar a favor de algún otro. No obstante, constituye una opción legítima y perfectamente democrática. Y podría ser, precisamente, la de una inmensa mayoría, si no de la totalidad de los votantes que no hubieran votado la opción, en todo caso minoritaria, del PP. Un candidato a alcalde de esta formación que obtuviera, por ejemplo, el 25% de los votos no podría arrogarse la “mayoría”. Cerca del 75% habrían votado, precisamente, para que ese candidato no saliera, y serían tres veces más. ¡Eso sí que es mayoría!
El cambio en la elección de alcaldes solo estaría legitimado, en términos democráticos, si se introduce la segunda vuelta. Es decir, la posibilidad de rectificar. Unos, en el sentido de que si su primera opción no ha salido, puedan optar por otra “menos mala”, que la que de entrada rechazaron. También rectificar para aquellos que vean que, pese a su rechazo inicial, los que votó se van a juntar con otros de los que desconfía aún más. Solo la segunda vuelta permite esas rectificaciones. En su ausencia, la elección directa de la minoría mayor es una tropelía democrática.
Lo de apoyar a la minoría con más votos, nos puede llevar a estar gobernados por una minoría. Quizás muy poderosa, como seguramente añora Rajoy y no digamos Aguirre, pero al fin y al cabo por una minoría, como son siempre, y por definición, los poderosos….”ganadores”.
Perdedores y ganadores, eterno contraste en el que, en un marco de desigualdad creciente, la lideresa se apunta, porque los representa, a los “ganadores”. ¿Serán todas perdedoras, si se alían, las fuerzas de izquierda, sin duda más diversas que la homogénea minoría de la derecha que trata de imponer sus criterios y designios? La Sra. Aguirre ha cambiado incluso la tópica frase de no sabe usted con quién está hablando por esa otra, aun más prepotente de, como sabe usted con quién habla, ¿me ha quitado usted ya la multa?
La dialéctica ganadores-perdedores, a la que remite Aguirre, es una discusión mucho más profunda que esta triquiñuela de la elección del alcalde de hecho perdedor, aunque haya conseguido la minoría mayor. 

Eduardo Leira
Arquitecto
12 de julio de 2014
Esta entrada fue publicada en Actualidad/Opinión y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *