Opinión_¿Cómo podemos institucionalizar las prácticas emergentes?_Jon Aguirre Such (@JAguirreSuch)

En los últimos tiempos estamos siendo testigos del auge de nuevas formas de entender, pensar y transformar nuestras ciudades: prácticas emergentes  que comienzan a resquebrajar los límites del urbanismo ortodoxo, planteando alternativas a los tradicionales mecanismos  de intervención urbana.  De esta manera, se está conformando una cartografía de experiencias, muchas veces surgidas desde la base social (procesos bottom-up), con un fuerte acento en la cultura libre, la ecología y la colaboración. Un ecosistema complejo y heterogéneo que rehúye de clasificaciones estáticas, pero que tienen en la innovación y el compromiso social sus principales señas de identidad; abarcando desde intervenciones efímeras en el espacio público, hasta redes huertos urbanos, pasando por solares o edificios autogestionados.
Paralelamente, al calor de esta efervescencia de iniciativas, ha comenzado a constituirse un importante corpus teórico que nos advierte de su potencial para definir las bases de un nuevo urbanismo. Así, plataformas cómo #SmartctizensCC o Mapunto!, proyectos de investigación como Polurb 2015, colectivos como el Vivero de Iniciativas Ciudadanas, investigadores como Alberto Corsin y Adolfo Estalella, han reflexionado y reflejado profusamente la importancia y diversidad estas prácticas emergentes. Incluso la prestigiosa revista Papers le dedicaba un número completo a este fenómeno (Discursos emergentes para un nuevo urbanismo). No obstante, a pesar de toda esta exaltación sobre su poder  para revolucionar  el urbanismo, todavía está por ver si estos «nuevos activismos urbanos» son capaces de consolidar un cambio efectivo en las estructuras y sistemas de planificación urbana y territorial.

Desde luego, no hay desestimar el potencial  de este tipo de prácticas para  penetrar en el espectro político institucional, pero el camino hasta su consolidación no está exento de dudas y peligros. Precisamente, el sociólogo urbano Andrés Walliser en un artículo dedicado a este tema, se cuestionaba acerca de cómo la Administración Pública se podía aprovechar de la buena voluntad de este tipo de iniciativas para hacer dejación de sus funciones para garantizar el bienestar social. Es decir, ¿de qué manera las prácticas emergentes son utilizadas o controladas por el poder político para resolver problemas sin tener que invertir en ellas?  Este debate por ejemplo, ha sido una constante en procesos como el Plan Buits de Barcelona.

En esta misma línea, La Trama Urbana en un texto dedicado al advocacy planning (algo así como «procuraduría urbana») alertaban de los diferentes retos y dificultades que afrontan aquellos equipos que quieren hacer de este nuevo urbanismo una profesión digna, exenta de precariedad laboral. Sobre esta ansiada sostenibilidad (económica, afectiva) de las prácticas emergentes y del trabajo de los colectivos asociados a ellas también reflexionamos desde PaisajeTransversal hace algún tiempo.
Pasar de las tácticas a las estrategias
Otro de los desafíos que afrontan estas nuevas maneras de operar en lo urbano es la falta de una visión estratégica de ciudad, ya que en la mayoría de los casos operan en una escala muy reducida (solar, edificio, plaza, barrio) y sin llegar a transcender lo que podríamos denominar como «táctica urbana». Desde luego, las propuestas de microurbanismo o urbanismo táctico tienen un gran valor social y nos permiten repensar la propia definición de la disciplina, pero cabe preguntarse cuál es su grado de incidencia en desarrollo urbano de una ciudad como por ejemplo, Madrid, en la que las grandes operaciones urbanísticas se siguen desarrollando a espaldas de la ciudadanía (soterramiento de la M-30, Canalejas, Campamento, Mahou-Calderón, etc.).
Este debate sobre cómo transgredir la esfera de lo táctico para instalarse o combinarse con una visión-estrategia global de ciudad es clave. Así lo reflejaba  David Harvey en una entrevista al declarar que «no hay nada malo en tener un huerto comunitario, pero debemos preocuparnos de los comunes a gran escala». Sin embargo, este es una discusión sobre el que apenas se ha profundizado. Tal vez el encuentro sobre «urbanismo emancipador» que tuvo lugar hace unos meses en La Ciutat Invisible de Sants (Barcelona), haya sido una de las pocas ocasiones en las que se ha podido discutir sobre esta cuestión de manera explícita.
Institucionalización de las prácticas

Si hay una idea común que subyace bajo las distintas reflexiones y  referencias que se han presentado más arriba es la de la institucionalización de las prácticas emergentes: si realmente queremos consolidar un nuevo urbanismo tendremos que lograr que todas esas prácticas puedan desplazar las actuales prácticas que rigen las instituciones y los espacios de decisión. No somos ajenos al recurrente debate entre  institución y movimiento, pero consideramos que constituir una nueva profesión y dignificar en torno al nuevo urbanismo es una buena manera de consolidar el necesario cambio de paradigma urbano. Y eso pasa en gran medida por viabilizar, dignificar y hacer sostenibles nuestras prácticas como forma de vida, lo que en última instancia conduce a su institucionalización.
Aunque la palabra institucionalizar sea una palabra fea, con ella se quiere expresar  la idea de dotar de una entidad y un marco a las prácticas. El término hace referencia a dotar de instrumentos legales a este tipo de prácticas para que tengan capacidad de transformación real y puedan cristalizarse alternativas eficaces.
De lo contrario se corre el peligro de ser cautivos de la voluntad política de turno de las propias instituciones, las cuales que puede favorecer o no el desarrollo de las prácticas, pero que  no las reconocen como sujeto de transformación urbana ni admiten su protagonismo en la dinamización social.
Institucionalizar supone superar la esfera de experimentos aislados, de lo táctico. Institucionalizar implica desbordar los mecanismos por los que los poderes políticos establecen los límites de incidencia de las iniciativas y se apropia los éxitos logrados por ellas, mientras con la otra mano firma las decisiones que alteran la configuración de la ciudad desde una óptica neoliberal.
Si en Los Ángeles han logrado redactar una ordenanza basada en el guerrilla gardening, ¿por qué no podemos hacer lo mismo en nuestras ciudades? ¿Por qué no podemos pensar en la forma de generar una normativa que permita una gestión comunitaria de los equipamientos públicos? ¿Una ordenanza que posibilite la regeneración urbana participativa de los barrios más desfavorecidos? ¿Un reglamento que establezca los canales, medios y espacios para garantizar una participación ciudadana real y efectiva? ¿Será que nos da miedo imaginar?

Durante la sesión de #DebatesUrbanos del próximo 18 de mayoorganizada por el Club de Debates Urbanos (Madrid, cara B. Un diálogo abierto con prácticas emergentes) reflexionaremos sobre estos temas a través de una conversación colectiva con representantes de prácticas emergentes de Madrid, profesionales del urbanismo y técnicos municipales del Ayuntamiento de la capital (acudirán a título individual).

¡Os esperamos!
Madrid, cara B: respuestas al modelo neoliberal de ciudad

Y después de las presentaciones: diálogo abierto con las prácticas, espacios, colectivos y procesos emergentes de Madrid
Modera: Jon Aguirre Such, Club de Debates Urbanos
Fecha: Lunes 18 de mayo a las 19.30
Lugar: Sala Ramón Gómez de la Serna. Círculo de Bellas Artes (Marqués de Casa Riera 2, Madrid)

Más información: http://clubdebatesurbanos.org/
Créditos de las imágenes:

Imagen 1: Proyecto de PPS para Times Square (fuente: http://miblogota.com/)
Imagen 2: Intervención de urbanismo táctico en Atlanta (fuente: http://www.atlantastreetsalive.com/)
Imagen 3: Bottom-up vs Top-down (fuente: http://www.smarturbanism.org.uk/)

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