LOS VACÍOS DE LA CIUDAD. HOY Y MAÑANA_Eduardo Mangada

vacios urbanos

¿En qué le gustaría que se convirtiera este edificio?

A partir de lo malo y lo bueno que seamos capaces de proyectar y construir sobre la ciudad de hoy, tendremos la ciudad del mañana. Pero en gran medida seguirá siendo la misma ciudad de hoy, la que pisamos cada día, la que gozamos y sufrimos, la que nos causa miedo y esperanza a la vez. El sustento real, el campo de juego sobre el que proyectar el futuro espacio urbano en el que nos tocará vivir a nosotros y a nuestros hijos y nietos.

Por esto cobran tanta importancia lo que podemos denominar “los vacíos de la ciudad”. Los vacíos reales ya existentes, sean suelos o edificios incrustados en la trama urbana, en el centro o en la periferia, que aún no han sido ocupados o que se vaciaron por la muerte de los usos y los edificios que los albergaron hasta ayer. Y los vacíos potenciales, previsibles por la obsolescencia física, económica o ambiental de las fábricas o actividades allí asentadas hasta hoy, que pueden desaparecer en el corto y medio plazo.

Vacíos, huecos, alveolos o como queramos llamarlos. Espacios que ofrecen las mayores y más importantes “áreas de oportunidad” para, sobre ellos o en ellos, ir construyendo nueva ciudad, o incluso manteniéndolos en algunos casos como tales vacíos, dando prioridad a aquellos usos, a aquellos edificios, a aquellas actividades, que vengan a completar la ciudad existente, a mejorar sus condiciones físicas y sociales, a reequilibrar y enriquecer los barrios en que se encuentran.

Hay muchos vacíos en nuestras ciudades, pero hay que descubrirlos y preservarlos como un gran recurso. Un recurso que puede arruinarse si los poderes públicos democráticos no definen cuál debe ser su función en la tarea de hacer ciudad en la ciudad. Hasta hoy, estos vacíos reales o potenciales han sido considerados de forma generalizada como solares propicios para el negocio inmobiliario. Bancos, promotores, fondos de inversión, se han adueñado de ellos y los han incorporado a su inventario. Apropiación que, en muchos casos, no ha necesitado la competencia entre los promotores inmobiliarios, sino que han sido concesiones o ventas, más o menos transparentes, del patrimonio urbano por parte de las administraciones públicas, preferentemente a los poderes económicos más afines y con quienes compartían intereses e ideología. Madrid y muchas ciudades españolas ofrecen ejemplos sangrantes de estas prácticas bajo los prolongados gobiernos del PP.

Hoy, en muchos y simbólicos ayuntamientos españoles, se ha producido un cambio político en sus gobiernos, con la entrada de nuevas fuerzas y actores. Gobiernos que están obligados a aplicar una nueva política urbana, obligados por los votos de los ciudadanos que los eligieron. Pero, tanto o más importante que este cambio en nuestras instituciones municipales, es el cambio más radical en los ciudadanos que, tras las elecciones, de ser meros votantes están pasando a ser vigilantes exigentes de un nuevo entendimiento de lo que debe ser o a lo que debe aspirar su ciudad. Vigilantes que exigen ser protagonistas en la construcción de la ciudad junto con las administraciones públicas.

Son las asociaciones, los movimientos ciudadanos (incluso okupas), cada vez con mayor impulso, estabilidad y solvencia, los que primero descubren estos vacíos entre las calles y los edificios por los que se mueven individual o colectivamente cada día. Los que los descubren y los señalan como espacios de oportunidad para mejorar su barrio y, por extensión, la ciudad. Para desarrollar en ellos sus actividades como motores y soportes de nuevas expresiones de vida urbana, desde huertos a centros culturales, educativos o lúdicos. Y para ello demandan de sus ayuntamientos apoyo y colaboración, sin anular por ello la capacidad de autogestión de estos colectivos.

Nace una nueva forma de gobernar la ciudad: la colaboración, más allá de la simple participación, entre los poderes institucionalizados y la capacidad de autogestión de los colectivos ciudadanos. Colaboración que ha de configurar una red social en la que ambas partes se enriquezcan. Colaboración en la identificación de los problemas y el señalamiento de las oportunidades. Colaboración que exige mutua lealtad y la dotación de medios para hacerla efectiva en el tiempo.

Por todo ello, es obligado exigir a los poderes públicos municipales que, ante cualquier área de oportunidad, ante cualquier suelo o edificio “vacío”, definan qué, cuánto, cuándo y para quién deben destinarse. Un ejercicio que no debe aceptar de forma seguidista ni sumisa todas y cada una de las demandas que, de forma más o menos espontánea, surjan de las iniciativas vecinales o sean resultado de encuestas genéricas e indiscriminadas y, mucho menos, pueden convertirse en fuente de ingresos para las arcas públicas, por muy desnutridas que estén, a costa de privatizar los bienes comunes.

Las primeras, las iniciativas vecinales, siendo importantes por lo que de inmediato tienen para quien las formule, deben ser filtradas por la razón política y técnica, por su función como piezas urbanas más allá de su inmediato entorno espacial o temporal, por la viabilidad técnica y económica en el corto y largo plazo. La privatización debe ser sustituida por la concesión de uso acotada en el tiempo o la cogestión público-privada, si se entendiese necesario y útil para la ciudad. Una labor de selección de prioridades que debe ser intelectual y políticamente solvente, transparente y ampliamente explicada a los ciudadanos, exponiendo sin trampas las razones que han aconsejado cada elección.

Y si hablamos de Madrid, los retos están a la vista y demandan una respuesta de nuestro ayuntamiento, para hoy mejor que para mañana. Chamartín, Mahou-Calderón, Paseo de la Dirección, Cocheras de Cuatro Caminos, Mercado de Legazpi y alguno más. No solo son retos, sino ocasiones para hacer visibles los cambios en la política urbana que esperamos de nuestro renovado gobierno municipal.

legazpi

Mercado de Frutas y Verduras de Legazpi

Muestras hay de este cambio que merecen ser aplaudidas y apoyadas por la ciudadanía, frente a las resistencias de los poderes del dinero y el pensamiento neoliberal que aún campea en la mente de agentes inmobiliarios y medios de comunicación. La moratoria impuesta por el ayuntamiento en las grandes operaciones inmobiliarias heredadas pero aún sin consolidar jurídica y físicamente, para ser repensadas por los responsables municipales y reconducirlas en el sentido señalado en este articulo, constituye una muestra importante de este cambio en la política urbana, coherente con la ideología del equipo de gobierno, anunciada ya en su programa electoral.

A pesar de su menor impacto mediático, hay que resaltar, además, el valor de iniciativas como la consolidación de una red de huertos urbanos, la rehabilitación de las áreas vulnerables de la ciudad, con la puesta en marcha de un programa de intervenciones en los barrios más desfavorecidos, la apertura de un proceso reglado para la cesión del uso, acotada en un tiempo pactado, de algunos edificios públicos para el desarrollo de actividades de distintos colectivos vecinales, en un proceso concursal y transparente.

No menos importantes son la lucha contra la pobreza energética y la desnutrición infantil o el prudente ensayo de un presupuesto participativo.

Un aplauso que debe servir de acicate para que estos pasos iniciales se transformen en una marcha constante y prolongada.

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