MELANCOLÍA URBANÍSTICA (ACERCA DEL RECIENTE DEBATE SOBRE LA CIUDAD), por Francisco López Groh

Y a Leviatán, ¿lo pescarás con un anzuelo?

¿Podrás atarle la lengua con una cuerda?

 ¿Podrás pasarle un cordel por las narices

o atravesarle con un gancho la quijada?

¿Acaso va a rogarte que le tengas compasión,

y a suplicarte con palabras tiernas?

Libro de Job

La prensa generalista y económica recoge hoy ampliamente el avance del informe del FMI sobre la estabilidad financiera en el que advierte acerca de los peligros del auge de los precios de vivienda en grandes ciudades, entre ellas Madrid, y los efectos macroeconómicos que produciría un caída brusca de los precios.

El FMI llama la atención sobre varios aspectos:

  1. La sobrevaloración de los activos inmobiliarios (vivienda y oficinas) y su rápido crecimiento en los últimos 5 años
  2. El crecimiento excesivo del crédito, favorecido por la política monetaria
  3. La sincronización global de los precios en las grandes ciudades favorecida por la liberalización financiera

La preocupación del FMI (un organismo preocupado siempre por la estabilidad -¿?- del sistema capitalista,  pero bastante más inteligente en ese sentido que la Unión Europea comandada por Alemania) se sitúa en la posibilidad de un brusco derrumbe de los precios que afectaría a la estabilidad financiera global precisamente por la sincronización de los mercados urbanos (como ocurrió con las subprime). El Fondo recoge las recientes estrategias en discusión o aplicación en diversos países (Inglaterra, Australia, Nueza Zelanda o Canadá p. ej.) de políticas macroprudenciales, consistentes esquemáticamente en la regulación de los flujos de capital extranjero (Intentando impedir incluso la inversión extranjera en el sector inmobiliario, caso de NZ)

Viene esto a cuento del reciente debate del Club “Pongamos que hablo de Madrid” que pretendía ser en cierto modo la continuación del precedente sobre la región madrileña, poniendo esta vez el foco en la ciudad de Madrid.

En aquel debate Félix Arias, señalaba en la introducción tres aspectos decisivos a la hora de enfrentarse a los problemas urbanos:

  1. El carácter del capital que construye la ciudad (y en relación con ello, añadiría, las formas de extracción de beneficio en la ciudad)
  2. El problema de los límites (del crecimiento)
  3. La cuestión de los instrumentos de gobierno urbano

Comentando el primer apartado FA hizo un somero repaso a diversas fases de acumulación, desde nuestra peculiar fase fordista-autoritaria, a la del crédito desbordado, tanteando algunos rasgos de la actual máquina de beneficio de la ciudad en la poscrisis.

Como suelen recordar las diezmadas y desavenidas huestes de los seguidores de la Crítica de la Economía Política, el sistema capitalista  se caracteriza entre otras cosas por su furiosa necesidad de convertir todo en mercancía (empezando por la famosa trinidad de mercancías ficticias: trabajo, tierra/suelo y dinero), por su propensión a las crisis autodestructivas y por su continuo reseteo del sistema de acumulación. Por lo que siempre han advertido de la necesidad de analizar el concreto modelo de acumulación en cada fase histórica (los errores analíticos y en consecuencia políticos de las causas de la burbuja en nuestro país son una clara muestra de los efectos que los errores tienen en la vida de los ciudadanos).

Algo similar se puede decir en el caso de la ciudad. Traer a colación las bondades de la política urbana ¡de los años 80! como se hizo reiteradamente en el debate solo puede ser producto de la melancolía. Otro tanto ocurre con las políticas económicas neokeynesianas –que han atrapado también el pensamiento crítico de la izquierda- que creen poder volver a los años de los treinta gloriosos ignorando las transformaciones económicas y sociales (ya que el capitalismo en un sistema de relaciones sociales) ocurrida desde entonces.

Es cierto que no es fácil desentrañar el funcionamiento de un sistema que es por definición caótico y mucho menos, pese a las apariencias  de confort teórico del que suelen hace gala los estudiosos y gestores urbanos (entre ellos los urbanistas) sus estrategias en relación con el espacio urbano, dada la interrelación ente financiarización y renta. Pero recurrir a soluciones que proceden de otro marco histórico socioeconómico, de otro modelo de circulación del capital conducirá probablemente a medidas inanes o contraproducentes.

Pongo un ejemplo. Alemania, que se suele poner no sé por qué de ejemplo, ha reformado en numerosas ocasiones la legislación de control de alquileres, pero siguen desbocados en las grandes ciudades, con el ejemplo paradigmático de Berlín donde la gráfica tendencial de incremento de precios no se ha alterado en su tendencia cada vez que las citadas regulaciones cambiaban y donde el sector de vivienda en alquiler ha sufrido un intenso proceso de financiarización (Aalbers). Hasta el FMI es consciente de que esa inflación no se puede enfrentar eficientemente con medidas locales de control (lo que no excluye pequeños efectos positivos localizados y desiguales en sus efectos) porque su efervescencia procede de la montaña de dinero mundial (Wall of Money), de la política monetaria (crédito, QE, nuevo fomento de los derivados en Europa, etc.) y de la hiperglobalización de capitales.

Así que volviendo a la actualidad podría realizarse una primera descripción sintética de los rasgos que afectan a las grandes ciudades globales (Madrid incluido):

  • El impacto que una economía financiarizada tiene sobre la ciudad, progresivamente implicada en sus procesos y en consecuencia un desacoplamiento enorme entre lo que podríamos llamar “economía real” y las finanzas. Las ciudades se han convertido en un peculiar parquet donde se juegan inmensas cantidades de activos financieros con capacidad de transformar radicalmente las condiciones de vida de sus habitantes.
  • En este sentido creo que no se ha prestado suficiente atención al hecho de que la ciudad y sus componentes esenciales, vivienda, y actividades económicas reales , están sujetos de forma decisiva a la financiarización y en consecuencia a la acumulación orientada por el beneficio financiero, y que la ciudad, en consecuencia se ha convertido en una fuente crucial de la capitalización de nuevos activos sin explotar (de Chamartín a la gentrificación o la vivienda en alquiler). Las finanzas están remodelando continuamente el espacio urbano.
  • Esto se combina, en un proceso retroalimentado, con el peso desproporcionado y tendencialmente progresivo de la propiedad inmobiliaria en la riqueza de las ciudades (en Londres la riqueza inmobiliaria residencial (dwellings) es ya el 70% de la riqueza total, desde el 50% hace 20 años) y de las familias (Piketty), que en combinación con el hecho de constituir a la vez el objeto fundamental del sistema de crédito y el soporte esencial de respaldo del sistema financiero convierte el espacio urbano en pieza decisiva del sistema.
  • De ahí –entre otras causas- que se haya producido un fenómeno generalizado e histérico de incremento de los precios de vivienda y del alquiler, que no solo dificultan el acceso a la vivienda sino que repercuten en la pobreza de las familias no propietarias, a pesar de que los beneficios medios de las empresas, el PIB y la inversión muestran una tendencia contraria de estancamiento o caída (secular stagnation). ¿Cómo es que observamos este comportamiento contradictorio –que incluye la desvalorización del trabajo- sin asombro? ¿Cómo resulta compatible el desempleo, la precarización de la fuerza de trabajo, la debilidad del sistema productivo (a pesar del continuo impulso por el crédito) con la inflación desbocada de los activos inmobiliarios?
  • Lo que plantea la cuestión de si los bienes inmobiliarios se han convertido en la base monetaria del capital financiero: “¿Podríamos decir que el sector inmobiliario -el espacio urbano en el sentido más amplio posible- se ha convertido en realidad, en algo equivalente a una infraestructura fundamental que sustenta todo el edificio del sistema de crédito?” (Moreno).
  • Por si fuera poco existe la amenaza de que esta inflación de activos acabe colapsando y se reproduzcan convulsiones como las del estallido de la burbuja con los efectos conocidos sobre la población más débil desde el punto de vista socioeconómico.
  • Entre los efectos están el incremento tendencial no solo de la desigualdad, sino de la polarización, cuyo efecto espacial en las ciudades es notorio, con la creación de mercados de inversión específicos, concentrados y e inconexos
  • Tendencias favorecidas por la debilidad creciente de las políticas públicas de “bienestar” orientadas al alojamiento de las personas de menos recursos (incluidas las capas medio-bajas) que se refleja en todas las grandes ciudades de las economías avanzadas en la caída (y privatización) de la promoción de vivienda pública, en el incremento de la proporción del alquiler de mercado sobre el alquiler público, los lanzamientos o la venta de viviendas hipotecadas a inversores por dificultades de pago.

Este marco, descrito aquí a grandes rasgos, es el espacio de confrontación social y política de la ciudad y en un segundo plano de lo que llamamos coloquialmente planeamiento. Y si bien es cierto que muchos de estos procesos y mecanismos existen desde hace tiempo, de la desigualdad a la riqueza sustentada en la propiedad, o la globalización financiera, el hecho es que estos procesos se han radicalizado hasta tal punto de que el escenario de la ciudad como máquina de crecimiento ha sido profundamente alterado.

Por contra, parece que los instrumentos del welfare urbano –entre ellos al menos idealmente el Plan- siguen anclados en modelos teóricos que responden con suerte a los patrones de desarrollo urbano del keynofordismo, o se han refugiado en la práctica burocrática de los procesos administrativos –un auténtico horror, incluido el aprovechamiento cuyo sólo nombre me espanta- y las anquilosadas ordenanzas.

De forma que, en las grandes ciudades, y Madrid es un ejemplo, se diría que se miden dos fuerzas: por un lado el capital financiero internacional a la búsqueda de un refugio (depósito de valor) y un activo de reciclaje continuo de capital ficticio (compra y recompra, reciclaje de capital y fuente de derivados) cada vez más concentrado espacialmente (Chamartín)  y por otro los colectivos y organizaciones ciudadanas que luchan por el “derecho a la ciudad”.

Esto plantea un desafío a las estrategias urbanas hacia lo que se puede denominar la ciudad justa o el derecho a la ciudad. La desigualdad espacial, la polarización, la importancia de los activos urbanos como soporte o respaldo de la acumulación financiarizada, la remodelación continua del espacio urbano desligan al capital de la planificación urbana tal como habitualmente se entiende, en una estrategia de actuación fragmentada, por nodos, y ligada más a los flujos y reflujos del capital financiero global que a las necesidades de cambio mejora y adaptación de las sociedades urbanas. De ahí la ficción de la reclamación de una ciudad eficiente.

Si el Plan (también el urbano) suponía un cierto pacto social por el crecimiento y la distribución (más allá de los resultados reales) hoy este pacto carece de sentido incluso en su faceta simbólica, y apenas es el resultado de nostalgias de un tiempo mejor. Si las acciones se muestran a la vez globales (movimientos de capital especulativo ) y polarizadas, aplicadas en proyectos localizados de extracción de rentas, la resistencia punto a punto tal como se produce por parte de los movimientos ciudadanos adquiere una importancia estratégica, especialmente como relato radicalmente enfrentado a las narraciones ficticias acerca de los beneficios de la fantasmagórica ciudad del crecimiento (Manuela Carmena) la competitividad, y una modernidad de neón (maqueta de Operación Chamartín).

“Los verdaderos utópicos son los que imaginan que al capitalismo real del siglo veintiuno (que se caracteriza por las crisis, la guerra y «la avaricia y la irresponsabilidad de los ricos») aún se le puede dar un rostro más humano y progresista”(Roberts).

Se abren en este sentido frente a la ciudad como activo financiero, los espacios de la ciudad de los bienes de uso, la ciudad que intenta crear espacios fuera (o contra) del circuito de acumulación financiera, la ciudad de los bienes comunes.

Pero, como le ocurría a un miembro del Club que cada vez que escuchaba una ponencia sobre el drama ambiental agradecía y aprobaba la información recibida pero luego volvía a casa, se olvidaba y seguía con su vida, en el debate ocurrió igual con este trasfondo de economía política.

Las organizaciones que participaron en el debate son una muestra de los objetivos y aspiraciones de la “otra ciudad”. Hubiera sido interesante en ese sentido que ambas desarrollaran una reflexión sobre las luchas concretas recientes y sus problemas de estrategia, organización y búsqueda de consensos, o de la forma en que la administración municipal –y en concreto el concejal de la AGDUS y la Alcaldesa han gestionado los conflictos derivados de esas dos visiones de la ciudad. Sin embargo quizá por deficiencias en la organización del debate, y aunque se hizo referencia a cuestiones clave de la confrontación de la legislatura que acaba (Chamartín, Desigualdad socioespacial), la parte propositiva resultó una especie de programa (con el agravante de una cierta exhaustividad, que acaba ocultando los problemas más decisivos) algunas de cuyas orientaciones pretendías dirigirse al control del mercado al tiempo que se producía una búsqueda idealizada de un acuerdo común sobre los objetivos y los mecanismos de gobierno urbano en forma de planes en diversas formulaciones.

Por lo que respecta a la primera cuestión, parece una reiterada costumbre de parte de la izquierda, que no sé si por algún criterio moral de origen religioso quiere salvar al capital tanto o más que Lagarde, pero con menos tino en el campo de batalla de la ciudad. Hay varios problemas en esta estrategia, el primero ya citado del desinterés del capital, el segundo que las medidas que se suelen proponer son como un puñado de guisantes puesto en el camino para impedir la carga de los elefantes con la esperanza de desviarlos ( o reorientarlos).

Por lo que respecta a las construcciones idílicas de una ciudad con una estrategia común acordada por todos (eso sí sin haber reflexionado sobre el funcionamiento de los procesos de extracción de ganancias en la ciudad) materializada en artefactos como un plan estratégico común o (peor) en un Plan de Ordenación (eso sí un Plan de Izquierdas (¿?) porque no se puede hacer nada con un plan de derechas). Sánchez Mato dio recientemente una repuesta desde su propio campo a esta ilusión: “no se puede gobernar para todos”(cito de memoria)

Pero el problema fundamental a mi modo de ver es que estas estrategias absorben recursos (personas) y esfuerzos que quizás tendrían más eficacia (al menos como autoempoderamiento) en la creación de esa ciudad de los espacios (y las funciones) extraídas a la lógica del capital, ya sea la naturaleza, la vivienda, el espacio público o la inteligencia colectiva.

Y claro que hacen falta herramientas, pero estas herramientas se están poniendo en marcha tentativamente en las confrontaciones en la ciudad (colectivos frente a la operación Chamartín, la Asamblea del Sur…). Y por supuesto hacen falta diagnósticos de la situación (Eduardo Mangada reclamó un libro blanco al respecto) y sorprende en ese sentido la falta de iniciativa de la Alcaldía en este sentido, y probablemente serán necesarias líneas de actuación que se plasmen en programas de actuación e inversión, pero en la consideración de que las mismas son producto del enfrentamiento existente entre las dos ciudades, serán estrategias nacidas en esa confrontación y no el resultado de la propuesta de un staff tecnocrático por bien intencionado que sea. Con el añadido de que como se decía hace tiempo este actuar local (y fragmentado) no puede obviar los procesos globales y su fuerza.

Eduardo Mangada se preguntaba si una de estas herramientas no sería el planeamiento negativo que aunque se refiere en origen creo a una orientación ecológica en la planificación de la ciudad, puede verse como una pieza del urbanismo de la resistencia.

En palabras del poeta Eugenio Montale:

Sólo esto podemos hoy decirte:

lo que no somos, lo que no queremos.

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