EL PARQUE MÓVIL DE MADRID Y SUS VALORES PATRIMONIALES: DONDE EL CONJUNTO ES BASTANTE MÁS QUE LA SUMA DE SUS PARTES, por Javier Mosteiro

Publicamos un artículo de nuestro socio javier Mosteiro en relación al reciente debate para el conocimiento y valoración del Parque Móvil  de Ministerios de Madrid:

La cuestión, a la vista de la inopinada operación urbanística que se pretende, parece centrarse en qué entendemos por patrimonio «arquitectónico». Digamos, de entrada, que éste no se limita a la escala de la construcción material; y menos, aún, a la de una de sus partes. La arquitectura, en su razón de ser social y económica, es el mejor soporte y registro de tantos otros valores culturales; y sólo contemplándolos en conjunto es como tiene sentido —y relevancia— la conservación de un edificio.

Concretándonos al caso, por ejemplo: «preservar» la materialidad constructiva de una rampa para vehículos, por muy admirables que sean sus cualidades espaciales, deja de tener sentido si ésta se desvincula del organismo y de la función para la que fue concebida; su aislamiento conceptual y «musealización» la convierten en otra realidad, disminuida en su dimensión patrimonial.

No obstante, estamos todos de acuerdo (ya Viollet-le-Duc lo dejó muy claro) en que la única manera de conservar un edificio es la de mantenerlo en uso o, si no hay otra posibilidad, la de encontrar un uso compatible con su carácter.

El meollo, por tanto, reside en cómo equilibrar la estimación de los valores patrimoniales del edificio con la necesaria busca de una —adecuada— función para él. La cosa no es fácil en muchos casos: ya sea por la dificultad de encontrar y relacionar entre sí dichos valores, ya por la de encontrar —y gestionar con viabilidad— una función que no entre en contradicción con los valores que se pretende preservar; a veces, incluso, se presentan ambas dificultades a la vez.

Así y todo, en otros casos —¡y el del Parque Móvil es uno de ellos!— la estimación (y consiguiente balance) de los valores del conjunto arquitectónico se nos puede presentar con inmediatez palmaria; y, a la vez, ese hipotético conjunto puede mantener un uso que, en todo caso y sin necesidad de un apresurado descarte, podría ser más que razonablemente «matizado». ¿Entonces, dónde está el problema?

Entonces —decimos—, en el caso que nos ocupa, lo que aparece es otra cosa, de fondo: la confrontación entre la voluntad de salvaguarda de un bien patrimonial, por un lado, y, por otro, las expectativas de una rentabilidad económica (confrontación ésta, debe ser recordado, mucho menos explicable en bienes pertenecientes al Estado que en los de propiedad privada).

El conjunto del Parque Móvil de Madrid representa uno de los edificios industriales más relevantes de la ciudad y que —muy significativamente— más valores patrimoniales concentra. Su dimensión cultural es inseparable de la articulación de todos estos valores, de manera que si se anulara uno de ellos todo el conjunto quedaría minusvalorado. Se trata de un sistema que sólo cabe interpretar desde un sentido holístico: donde el todo es mucho más que la suma de las partes. He aquí una abreviada axiología:

Valor formal-arquitectónico

El conjunto, obra del arquitecto Ambrosio Arroyo y de un equipo de arquitectos e ingenieros que se tiene bien documentado, es de reconocido mérito arquitectónico. En sus múltiples áreas, presenta disímiles y muy apreciables valores arquitectónicos y espaciales; algunos de ellos, como la rampa de «doble tornillo», ejemplar único en España, tan destacados y tan marcadamente conectados a otras experiencias formales y constructivas europeas. Éstos incluyen, a su vez, otros valores formales o puramente artísticos (caso del magnífico mural de Germán Calvo —Los oficios del automóvil— que no tendría igual significación trasladado de este lugar).

La yuxtaposición de los diferentes elementos arquitectónicos del Parque Móvil, con sus respectivos lenguajes formales —congruentes con cada función—, constituye un episodio bien caracterizado y documentado (aunque su análisis pueda dar para muchos más estudios) de la historia de la arquitectura española.

Valor tipológico

El Parque Móvil es el único conjunto residencial-industrial que se conserva en Madrid; circunstancia ésta que no puede pasar inadvertida a la hora de estimar su valor.

La continuidad explícita, orgánica y formal, del edificio central con los talleres y con la colonia residencial supone un registro de primera categoría en cuanto a su estimación como bien cultural. El complejo materializa en su estado actual (sin otra amenaza que la sobrevenida presión inmobiliaria) funciones vivas y que caracterizan este barrio autónomo insertado en —y articulando— el ensanche: el trabajo, la residencia, la plaza y el espacio público, la iglesia, los equipamientos culturales y de servicios…).

Constituye un organismo de rara y bien trabada complexión; organismo que está vivo y que si deja de estarlo no va a ser, precisamente, por muerte natural.

Cualquiera de estas partes sin las demás —ya lo hemos advertido— supone una pérdida irreversible para el mejor entendimiento de las vidas de la ciudad y del sistema de las tipologías que las hacen posibles.

Valor de registro constructivo-tecnológico

Son sabidas las características constructivas y tecnológico-industriales del conjunto, uno de los contados y más expresivos casos que registran, en Madrid, ese preciso momento de la historia de la construcción y de la industria.

Elementos singulares como los pórticos de hormigón del cuerpo de garaje, la audaz estructura metálica de las naves-taller, la citada rampa de acceso y el lucernario que la cubre, el tratamiento de los pavimentos, el sistema de ascensor continuo y sin puertas (tipo «paternóster»)… confieren al conjunto un privilegiado y coherente carácter de sistema, de continuo industrial, que no resulta fácil poder encontrar en otros lugares (habida cuenta, además, de su sorprendentemente buen estado de conservación).

Valor urbano

Por el contrario a lo que algunas voces han formulado en cuanto a la inconveniencia de que la supermanzana que ocupa el Parque Móvil «corte» el desarrollo de tres calles del Ensanche, su mantenimiento tiene un particular valor urbano: por un lado, el mantenimiento de la trama, registro histórico de las especiales condiciones de esta zona del ensanche de tardía construcción (en la que también se asienta otra supermanzana que, así mismo, «interrumpe» calles: la extensa superficie del depósito del Canal de Isabel II); de otro lado, revela incluso el sentido y flexibilidad de la retícula del plan de Castro, capaz de reservar suelo para grandes conjuntos dotacionales mediante la composición de varias manzanas (como se hizo, sin ir más lejos, con l’Eixample de Barcelona —Fábrica Batlló, por ejemplo—).

A lo largo del último siglo se ha avanzado sustancialmente en el entendimiento del valor del contexto del edificio. No parece razonable que ahora, en el caso del Parque Móvil, podamos prescindir de ese valor urbano.

Valor histórico y documental

El conjunto del Parque Móvil, con su anexa Colonia San Cristóbal, es una fuente primaria y fundamental para el estudio de la vivienda obrera en España y de su vinculación con la conformación del trazado urbano del Madrid de inicios de la etapa franquista; así como de la industrialización reiniciada en España en aquel período.

Junto a ese valor documental, aún está vivo un cierto valor memorativo por parte de la ciudadanía: un plus que no hay que desdeñar (en tanto que el edificio concentra la memoria —el recuerdo, el aviso: algo tan cercano a la propia palabra «monumento»— de quienes habitaron, se educaron, trabajaron —y quizá sufrieron— en este lugar o, simplemente, lo tienen incorporado a la más colectiva idea de paisaje urbano).

Valor de uso

Al encontrarse el edificio en buenas condiciones de conservación no presenta mayor problema para su mantenimiento en uso. Su particular carácter aconseja el uso relacionado —en un modo u otro— con el automóvil.

La asombrosa rampa de acceso, más allá de un efecto plástico o de constituir un documento de la moderna historia de la construcción (ambos, por cierto, notabilísimos), adquiere todo su valor en su razón de ser original: el acceso de vehículos. Ello sería compatible con la idea de un centro de formación de técnicos mecánicos (quizá tipo «escuela-taller»); con la difusión de aspectos culturales, artísticos y científicos del sector de la automoción; y con otros colaterales usos (sin tener por qué rechazar la idea de aparcamiento en altura: que revelaría —y nos recordaría— que ese uso «arquitectónico» no siempre tiene por qué rebajarse a condiciones subalternas y subterráneas…).


Resulta paradójico que en nuestros días, cuando tanto se trata del patrimonio industrial en muy diversos foros (universidad, administración, sectores profesionales…), este conjunto tan singular —y, a la vez, representativo— de la arquitectura madrileña, y con tan determinante incidencia en la conformación del trazado urbano, pueda quedar desprotegido. La apertura de expediente para su incoación como BIC es tarea que no debemos postergar; tarea que el Madrid futuro —así lo esperamos— tendrá ocasión de agradecer.

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