MARGA RUIZ, LA SONRISA PERMANENTE, por Carmen Peire Arroba

En los primeros días de este mes de Agosto del 2020 ha fallecido nuestra  buena amiga y colaboradora del CDU Margarita Ruiz Celaá, arquitecta con la que muchos colaboramos en la Consejería de Política Territorial  en los años 90,  que fue socia del CDU y participó en muchos de sus actos.

En su homenaje y recuerdo reproducimos el obituario que nos envía  Carmen Peire Arroba:

Creo que todos los amigos la vamos a recordar así, con su sonrisa perpetua, cayera lo que cayera, con ese sentido del humor, tan suyo, ácido y bondadoso, como ella.  El saber reírse de lo que te sucede, tener sentido del humor,  siempre deja entrever una gran inteligencia porque, como decía Mark Twain, detrás del humor siempre hay  dolor. Por eso sabemos que Marga vivió mucho, se rio mucho y, dada su sensibilidad, también debió de sufrir, aunque escasas veces lo dejara vislumbrar. Dicen que también la bondad es una manifestación importantísima de la inteligencia humana, por lo que Marga era doblemente inteligente, como demostró hasta el final. Supo buscar su lugar en el mundo, lo que quiso ser y con quién quiso compartirlo. Amiga de sus amigos, especialmente de sus amigas, ese ramillete de mujeres de su edad con las que era cómplice, se cubría y las cubría con un sutil manto protector de ánimo en las situaciones difíciles. También con ese manto se cubrió ella a lo largo de su enfermedad. Se le truncó su viaje a Turquía y, a partir de entonces, se encargó de poner al día sus asuntos, buscar a alguien que cuidara de ella y  recibirnos cuando se sentía bien. Pero  por encima de todos nosotros, de amigos y amigas, estuvo siempre su familia, sus padres, su hermana y sus sobrinos, a los que adoraba.  Siempre que podía lo decía.

Una de las veces que estuvo hospitalizada pasó mucho frío. Según ella no funcionaba la calefacción de su habitación y reclamó varias veces, llamó a la enfermera de guardia por la noche, que no pudo resolver la situación. Así que ni corta ni perezosa, como nadie la hacía caso, llamó al teléfono de emergencias, al 112, para decirles que estaba hospitalizada y que se estaba muriendo de frío. Solo nos queda imaginar la cara que tendría el que la atendió por teléfono que, por supuesto, tampoco pudo hacer nada. Lo resolvió al día siguiente una de sus sobrinas, que le llevó una buena bata. ¿Era genial o no?

Cada uno habrá tenido su despedida con ella. La última vez que fuimos a verla a su casa, celebramos la vida con piononos, esos bizcochos borrachos que tanto le gustaban, y helado, del que comió hasta hartarse. Total, para lo que me queda… nos dijo. Eso sí, nos recibió con un vestido que le habían comprado sus amigas del alma, al que le puso una enorme flor de tela haciendo juego y con la peluca que se compró para que la viéramos guapa. Luego se la quitó porque le daba calor.  

Ese calor nos va a seguir arropando, como lo hace la poesía  en momentos duros. Por eso transcribo unos versos de Omar Jayán, del siglo XI porque los sentimientos humanos no varían y conociéndola, le habrían gustado y animo a sus amigos y amigas a que escriban algo sobre ella:

Si de mí dependiera, yo no habría venido,

Si de mí dependiera, yo no me marcharía.
Y lo mejor sería que en este mundo ruin
Ni llegara, ni hubiera de partir, ni estuviera.
Sin excepción, perdimos a los amigos íntimos,
Uno a uno la muerte los cubrió de desprecio;
la fiesta de la vida nos brindó el mismo vino,
ellos se emborracharon algo antes que nosotros.
… …
El cuerpo y su figura, oh necios, no son nada,
nada los nueve cielos, su bóveda estrellada;
tú, goza, que en el mundo degradado del ser
dependemos de un hálito, y éste tampoco es nada.
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