RECORDANDO A JOAN ANTONI SOLANS, por Eduardo Mangada

Conocí a Joan Antoni Solans siendo el estudiante en ETSAB y alumno destacado de Manuel Ribas I Piera. Coincidió con los años en que fui profesor en Madrid, sustituyendo a Luis Pérez Mínguez, por invitación generosa de el mismo.

En repetidas ocasiones, Manuel Ribas me invitaba a participar en un debate o conferencia en  la Escuela de Barcelona, dentro de su departamento. Incluso a formar parte del «tribunal» informal para la calificación de los trabajos de fin de curso y fin de carrera. Así fue en 1964, año en que se licenciaron Tusquets, Clotet, Cirici y otros buenos arquitectos catalanes de la misma promoción.

Solans era un joven estudiante y pronto un joven arquitecto muy brillante y activo, incluso agresivo intelectualmente, que hacía gala de una amplia erudición.

Ya como estudiante y en sus  primeros años como profesional, tuvo una activa presencia en los movimientos antifranquistas, muy próximo a los partidos de la izquierda catalana. Actitud política que se reflejaba en su labor como profesional de urbanismo.

Ya como Delegado de urbanismo del Ayuntamiento de Barcelona, en 1979, puso disciplina frente a los desmanes de los grandes promotores, herederos del viejo régimen y, sobre todo desarrolló una muy eficaz gestión rescatando para el Ayuntamiento viejos suelos industriales y otros, generando un muy sustancioso patrimonio público que permitió a los nuevos ayuntamientos democráticos proyectar y ejecutar un conjunto de brillantes actuaciones en parques y equipamientos, como por ejemplo La España Industrial. Una herencia que la «izquierda” del momento no supo agradecer con generosidad política y profesional.

Circunstancia que, junto a las tensas relaciones profesionales e ideológicas con los nuevos responsables del desarrollo urbano, pudieron estar en el origen de su posterior emigración hacia territorios más conservadores, buscando refugio y reconocimiento en CDC, bajo el amparo del propio Pujol.

También es obligada resaltar su importante participación en la redacción del Plan General Metropolitano de mediados de los años setenta.

No puedo ocultar que fue hombre difícil en su encastillamiento, durante los largos años que ejerció como todopoderoso Director General de Urbanismo de la Generalitat, donde brilló con gran eficacia como gestor del territorio más que como teórico del urbanismo. Se dice que tenía toda Catalunya en su cabeza.

A pesar de la lejanía política y disciplinar, mantuve con él una relación de amistad y compartimos proyectos y duras discrepancias sobre su actuación como responsable de la política urbanística y territorial. Discrepancias que, consideradas desde la distancia de los años transcurridos, eran menos graves de lo que entonces consideramos e incluso, enriquecedoras para mí.

Mi última relación personal con Joan Antoni tuvo lugar con motivo del proyecto para la ampliación del aeropuerto de El Prat y el desvío del Llobregat, para la ampliación de la Zona Franca, desarrollado con Carlos Ferrán. Trabajo en el que pudimos contar con su apoyo y nos ofreció una nueva ocasión de reanudar una vieja y fecunda amistad. Luego he intentado nuevos encuentro, sin éxito.

En mi continuada relación con Catalunya y mis amigos arquitectos y urbanistas catalanes, he podido constatar que la mayoría de ellos han manifestado un sincero reconocimiento de la valía de Joan Antoni Solans. Incluso el reconocimiento del error que ha sido no haber aprovechado su persona en las grandes aventuras urbanas de Catalunya y, especialmente, Barcelona en los últimos decenios. Los personalismos y las rencillas profesionales que en parte provocaron la lejanía política, impidieron unas confluencias que podían y debían haber sido fructíferas para todos.

Hoy solo cabe llorar la muerte de Solans y rendirle el homenaje que por su valía humana y profesional merece.

Eduardo Mangada. Arquitecto.

Madrid, 3 septiembre 2019

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