Manuel de Sola Morales: Los años de Malaga, por Damian Quero

Damian Quero ha tenido la bondad con nosotros este texto sobre Solá que ha escrito para extenso homenaje que le ha dedicado la revista D´UR, en el que tambien escriben algunos de nuestros socios y/o premiados (Eduardo Mangada, Oriol Bohigas, etc) y que por su interés os recomendamos.
Los años de Málaga. Damián Quero Castanys.
Cuando Quaderns me encargó en 1982 escribir la presentación de Manuel de Solà-Morales en el número especial dedicado a él y a Joan Antoni Solans, llevábamos Manuel y yo dos años trabajando en el plan general de Málaga; él asesorando y yo en la elaboración. Había sido una experiencia tan vitalmente transgresora como disciplinarmente constructiva, que marcó tanto el estilo como el contenido de mi texto para Quaderns, escrito como narración de la formación de un pensamiento(1). Trataba de mostrar cómo el pensamiento, el impulso teorizador, es tanto construcción racional como experiencia individual.

Desde entonces he sabido que para entender el mundo cada uno ha de inventar la existencia, anudar su percepción sensible, sus emociones, el arte y las pulsiones éticas con lo racional. En el tejer de la propia existencia, como en el devenir de las ciudades, la continuidad del pensamiento, los tiempos y las tradiciones se mezclan con las transgresiones, con las discontinuidades, las diferencias y lo contingente.

Nunca supe dónde se anudaban ni cuáles eran las coincidencias entre nosotros que fundaron la amistad de aquellos años, ni porqué aceptó mi invitación a una tarea tan esforzada como asesorarnos en el plan de Málaga, ni ya lo sabré tras su ida sin ocasión para el adiós. En cierta ocasión bromeamos con mi apellido Castanys, de Olot siendo yo andaluz, y el suyo Morales, de Sevilla, en uno que venía de Olot: entrelazado territorial que perdía sentido a medida que se disolvía la charla sobre identidad del territorio en la noche canalla de Torremolinos en compañía de Salvador Moreno y Pepe Seguí.
Después de su inicial excurso disciplinar en la economía y del mío en la sociología, con la llegada en aquellos años a la geografía, a la topología y el regreso a la arquitectura, compartimos con muchos colegas y en muchas ciudades un alborozo que impregnó el oficio del urbanismo, y que ahora se aprecia, no sin  envidia, en aquel viejo artículo de Quaderns. Era la satisfacción de experimentar la reversión de lo irreversible.
En los años de Málaga, a la edad en la que todavía nos está permitido experimentar la tensión entre la inmadurez personal y lo trascendente del exterior, Manuel recorría, como yo lo explicaba entonces de él, el camino “de la teoría al paganismo post-ilustrado”. Reanudar, reconstruir la continuidad y a la vez transgredirla. Recuperábamos entonces viejas propuestas que nos traía de palabra y en planos de su archivo Don José González Edo, el último representante en Málaga del Movimiento Moderno, con quien todavía pudimos discutir sus ideas sobre ejes, direcciones de crecimiento, bordes y posición de los parques. Que se modificaban al insertarlas en la nueva complejidad de la ciudad.
Reanudar el hilo perdido de la vivienda en la arquitectura moderna, tarea especialmente querida por Manuel, se hacía simultáneo con sus hallazgos, de apariencia frívola y objeto frecuente de rechazo por las academias de la teología urbana. Las nociones de flecos y entrelazados en la forma de los bordes de crecimiento urbano, o más tarde la de esquinas como nodos del tejer-proyectar en la ciudad, la concepción de la geografía como espacio con historia, como continuidad del espacio-tiempo, el manejo de lo simbólico no como abstracción sino como geometría… Cuestiones importantes en las que se reconoce su temprana renuncia a una imposible teoría totalizadora, a la ortodoxia de entonces -la economía política del espacio- y expresan su opción por la topología, por el tiempo que constituye las ciudades; cuestiones humanas, muy humanas, es decir, políticas, de arte y belleza. Al hacer reversible lo que era irreversible enseñó que no hay ética sin proyecto.
La amistad fue entonces un  sentimiento directo que no necesitaba excluir tensiones y retos mutuos: Manuel reprochaba a sus amigos urbanistas de Madrid el abandono de la enseñanza, su ausencia de la Escuela de Arquitectura; y ellos, sobre todo Eduardo Leira, le reclamaban asumir la escuela de pensamiento y oficio que, si no formado, había inducido él, incitado, provocado. Conociéndolo, es de imaginar que Manuel tuviera por monserga cualquier requerimiento de sistema.
Con su modo poliédrico de entender la teorización como complejidad inabarcable, con su atención vital y cosmopolita a lo casual, sabía bien que el pensamiento sobre las ciudades se forja en solo algunos afortunados momentos en los que las aspiraciones de belleza se encuentran con el sentido práctico y se unen de modo informal. Así fue como sucedió en Málaga aquellos años. Y luego, como ya nos tenía acostumbrados “… caló el chapeo, requirió la espada, miró al soslayo, fuese y no hubo nada.”(2)
Manuel Solá, en una taberna de Málaga, hacia 1980. Foto: Damián Quero

(1)Quaderns número 154, noviembre de 1982.
(2) Miguel de Cervantes.
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